Mi sobrino Daniel

5/02/2015


Carreras, llantos, preocupación, miedo, emoción,... Ver a tu hermana pequeña en esa camilla pasar unas horas malas y desear con todas tus fuerzas ser tú la que sufra, ahorrarle ese trago. Un extraño instinto protector hace que no quieras que le roce ni el aire, echar de esa habitación a todo el que no sea su novio o tu madre. La ves desprotegida como nunca la has visto a lo largo de toda una vida compartida. En ese momento lo único que quieres es que pase todo ya, que ella esté bien. Y, entonces ya si, conocer a tu sobrino. Pero mientras que tu hermana está en esa habitación, dilatando, esperando, con contracciones... Durante esas horas no hay ilusión ni alegría que valga, te comerías con patatas a todo el que sea capaz de sonreír mientras tu hermana pequeña pasa un mal rato. Mientras la escuchas, al final de ese maldito pasillo, resoplar o soltar algún quejido. Que si, que luego lo piensas y nunca es malo que la gente sonría o se ilusione. Lo piensas cuando es tu hermana la que ya sonríe y está loca de contenta con su hijo en brazos. Antes de eso no te permites rebajar la tensión hasta que el médico salga y diga las palabras mágicas: Ella está bien, y el niño también. 

De las tres hermanas pequeñas que tengo, ya he visto pasar por eso a dos de ellas. Y si, como diría nuestra madre para mí serán pequeñas siempre. Quien sea hermano mayor me entenderá. La segunda vez piensas que vas más preparada que la primera, que ya sabes de qué va la historia. Pero te engañas, las emociones son las mismas y con la misma intensidad. Y, entonces, después de la interminable espera sale tu hermana del paritorio para hacer el paseillo torero en camilla (cosa que se deberían replantear familiar y hospitales, porque es la cosa menos íntima del mundo para un momento que debería serlo). El caso es que cuando la ves sonreír se acabó el miedo, la preocupación y la angustia. Todo eso da paso al modo codazos y cabezazos para hacerte sitio entre los presentes, que ella te vea y sobretodo ¡verle la carita al recién llegado!.

Recuerdo perfectamente "Cómo conocí a mi sobrino" con cada uno de ellos, más que nada porque así luego se lo puedo contar una y otra vez. Y con Daniel, la primera palabra que me viene a la mente es "pizza". Mi hermana estaba antojada de pizza desde que salió de dar a luz y, para colmo, cuando creíamos que la iban a sacar de paritorio entró a la zona reservada un pizzero. Prometo que, conociéndola, pensaba que había conseguido que le llevaran una pizza. Pero era para las enfermeras, ya era hora de cenar del 1 de mayo de 2013.

Dicen que los recién nacidos no ven, no sonríen... Y mis dos experiencias dicen, en cambio, que es casi milagroso comprobar cómo en las primeras horas de vida de un ser humano, ya refleja de una manera tan contundente su personalidad. Dani me sonrió, se quedó embobado conmigo. Mi teoría es que o bien mi voz le sonaba familiar porque hablo mucho y la había escuchado más que otras o, lo más probable, que la confundía con la voz de su madre. Era pequeñín pero fuerte, y pareciera que se había contagiado del antojo de su madre porque salió con ganas de comerse el mundo... Literalmente. ¡Qué apetito después de un viaje tan largo!.

Ya han pasado dos años desde aquel momento y Daniel no ha dejado de sonreír. No se puede parecer más a sus padres, él y su padre son como dos gotas de agua pero en el carácter y la boquita "de pico" cuando se enfadan, es clavado a su madre. Se sigue calmando en brazos de la "tita Marta", oh yeah, y lo mismo que su primo Jesús me sigue teniendo robado el corazón. Un sobrino es una responsabilidad de por vida, una persona que entra en tu corazón y a la que ya nunca puedes fallar. Supongo que el amor que siente una madre por sus hijos no se puede comparar con nada de este mundo, pero puedo asegurar que el de una tía (o un tío) es un amor incondicional a primera vista mayor al que jamás haya sentido.

Lo único que pasa a importarte, por encima de tu felicidad y tu propia hermana, es que ese enano sea feliz, bueno, independiente... Aunque para ello a veces te den ganas de tortear a sus padres. Luego entiendes que lo mejor es estar al lado de ellos porque nadie nace sabiendo ser padre y lo hacen lo mejor que pueden. Seguramente tú lo harías igual de bien, o de mal. A saber. Además, cada vez puedes ir teniendo más momentos con tus sobrinos en los que contarles cómo ves el mundo, explicarles tus trucos, ser su cómplice, jugar hasta caer rendidos y ¡mimarles!. Así que, Daniel, prepárate porque a medida que creces le van quedando a tu mami menos excusas para dejar que te rapte. Ve familiarizándote con dos conceptos: Beatles y Star Wars.


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