Quererte, cuidarte, mimarte

5/21/2015

Era la primera vez que iba a la consulta de aquel psicólogo y daba por hecho que ese señor me sentaría en un diván y me haría contarle mi vida desde la más tierna infancia. Me haría conectar con mi niña interior, visualizarme en momentos duros de mi vida o cosas así. Pero no. Me senté en un pequeño pero cómodo sillón y me preguntó ¿por qué estás aquí?. Entonces cogí aire para contarle toda mi biografía pero me interrumpió. No olvidaré nunca sus palabras: "¿por qué estás aquí?" repitió. 

Hasta entonces solo me había planteado que la vida era una caca y yo una persona con muchos problemas. Contarlos y recrearme en ellos me destrozaba pero a la vez me confortaba. Coño, qué raro es el puñetero ser humano. Lo que aquel psicólogo me quiso decir es que da lo mismo como seas, que tengas tus locuras, taras e historias. Si eres feliz, pero feliz de verdad, ¿por qué estás aquí?. Y si no lo eres, haz lo necesario para serlo. 

Casi todos nosotros, si nos atreviéramos a mirar de frente nuestro corazón, reconoceríamos que no somos felices. Pero antes muertos que reconocerlo. Antes nos inventamos cualquier muleta que nos devuelva un reflejo parecido a la felicidad. Para mí, por ejemplo, esa felicidad eran instantes que atrapaba en el tiempo en los que dejaba la mente en blanco y me aislaba de todo. "Justo ahora, en este instante, no tengo motivos para no ser feliz". Luego descubrí que eso que hacía se llama meditar, "mindfullness" o como queráis denominarlo. 


El camino hacia la auténtica felicidad supongo que no es el mismo para todo el mundo. Lo podríamos resumir en escuchar a tu cuerpo, en detectar qué cosas te provocan un pellizco en el corazón y trabajarlas. En mi caso empecé por el autoconocimiento porque quería saber el origen de cada una de mis reacciones y comportamientos. ¡Y vive Dios si es difícil!. Es un camino que, cuando lo emprendes, dura toda la vida. Da muchas satisfacciones pero inevitablemente antes de cada una de ellas sufres una crisis desoladora y existencial. Es lo que pasa cuando te cuestionas y vapuleas constantemente a ti mismo. Además puedes caer en el error de poner en cuarentena todo tu ser, volviéndote excesivamente inseguro y crítico. 

Halcyon Styn
Y es que el autoconocimiento no tiene sentido sin pasar a la segunda fase: el "auto-enamoramiento". Nos caemos mal. Todos. O al menos todos los occidentales. O al menos todos los padawans que no hemos llegado a esa fase de auto-enamoramiento. Nos hacemos daño, nos boicoteamos a la mínima. ¿Por qué si no hacemos cosas que no nos gustan o incluso son perjudiciales para nosotros mismos? Piensa en la procrastinación, por ejemplo, no tendría sentido si no tuviéramos la mente enferma. O, mejor dicho, tan contaminada como el aire que respiramos. El autoconocimiento es un regalo, porque nos permite descubrir con qué mecanismos y engranajes funcionamos. De primeras puede parecer frustrante porque no siempre somos lo que nos gustaría ser, nos da rabia no ser menos charlatanes, dispersos o pagados de nosotros mismos. Pero, a la larga, mola. Porque solo puedes gestionar lo que conoces, sabiendo hasta donde puedes llegar tienes un margen para jugar interesante. 

La putada es que no te levantas un día y te "autoconoces". De hecho lo normal que nunca te conozcas al 100%. Así que con cada comportamiento, cada rasgo de tu personalidad, tendrás que hacer ese proceso del que hablo. Y cada vez es como un parto, un mal momento que no te apetece pasar pero sabes que es inevitable desde el momento del "click". Llamo "momento del click" a ese instante en el que te haces consciente del por qué de un comportamiento que no tenías fichado hasta entonces. Y ya no puedes ignorarlo, hay que llegar hasta el fondo del asunto. 

Bueno, pues hoy he tenido un click y no me importa compartirlo con vosotros. Se trata de la gestión de conflictos. Creo. El caso es que hay determinados comentarios de otras personas que activan en mí un resorte. Aunque en el plano consciente y lógico sé que no me tienen que molestar, o que incluso son positivos, si a mi plano visceral le sientan mal me cabreo. Y no soy capaz de contestar de una manera tranquila ni asertiva. Entonces como no quiero expresar cabreo pero tampoco tengo la cabeza fría al final reacciono raro y mal. Con lo que acabo cabreándome también conmigo misma por cómo he gestionado algo que a todas luces no era para tanto. 

He probado a callarme, pero eso solo lo empeora porque al no ser asertiva y no expresar lo que pienso puedo generar un conflicto posterior. He probado a intentar ser asertiva pero sueno cabreada por mucho que lo intente. Ahora me planteo una terapia de choque: coger a alguien muy cercano y que me bombardee con cosas que sepa que me van a cabrear sin tener que cabrearme. E ir probando reacciones. Porque la solución de postergar la respuesta hasta que se me pase la he intentado, pero termino dándole más vueltas a un tema que ya hemos quedado que no tenía importancia. Y, además, no siempre se tiene esa posibilidad. Bueno... escribir un post en el blog para contarlo ¿se podría considerar una estrategia que he probado para gestionarlo? No lo sé, lo que está claro es que igual eso me sirve esta vez pero no valdrá para las siguientes. 

Porque, en definitiva, para ser feliz se necesita no tener estos conflictos con uno mismo. Es necesario quererse, perdonarse y no sufrir innecesariamente. Eso y ser coherente en todo lo que se haga es, a mi juicio, la clave de la felicidad. 



¡Dadme ideas! ¿Cómo conseguís gestionar comentarios o situaciones que os molestan en vuestra parte más irracional? ¿Sirve lo de imaginarse a la gente desnuda como para hablar en público? 

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